martes, 13 de octubre de 2015

TONGA: VAVA’U EN BICICLETA



El día que tenía reservado para hacer submarinismo tuve que emplearlo en visitar la isla en bicicleta ya que no había suficientes submarinistas como para fletar un barco. Y la verdad que fue un acierto.

Empecé el día subiendo al pico más alto de la isla, el Monte Talau, de 131 m. Por el camino me perdí un par de veces porque aquí la gente no es mucho de caminar así que el trayecto no está muy bien indicado.



Las vistas desde la cima están bien, tienen dos miradores enfocando a Port of Refuge, pero podrían estar mejor si ampliasen el camino hacia el sur, donde se verían casi todas las islas del archipiélago de Vava’u.

Al bajar fui al bar Tropicana y alquilé una bicicleta para todo el día. El dueño, Greg, me dio una botella de agua congelada para tirársela a los perros en caso de necesidad. Pensé que era un exagerado pero al final resultó no serlo.



Empecé a pedalear hacia el sureste. Llegué hasta una plantación de Vainilla llamada “Taste of Tonga” y me encontré con el dueño, al que pregunté si me podía enseñar la plantación. En ese momento estaba ocupado así que me dijo que si volvía a las cuatro y media de la tarde que me organizaba una visita. Y así quedamos.



Volví por donde había venido y me encaminé esta vez hacia el noreste, rumbo a los jardines botánicos, que resultaron estar cerrados. Los rodeé y me metí por el camino más peligroso del mundo: transcurrí por en medio de una plantación de cocoteros por lo que los cocos caían constantemente como bombas.




El camino acababa en unos acantilados donde las olas rompían furiosamente. Era muy bonito así que me puse a hacer fotos a las olas cuando me di cuenta de que había cuatro ballenas saltando cerca de la bahía. Fue imposible pillarlas saltando pero sí que pude hacerle una foto al surtidor que generan al expirar. No es lo mismo, pero es la prueba de que se pueden ver ballenas desde tierra. También vi a un unicornio pero ya no tenía batería en la cámara.




Volví por el mismo camino infernal y pedaleé hacia Neiafu, la principal población de Vava’u. De camino pasé por la estación depuradora de aguas así que me paré y me presenté como Ingeniero de Caminos (hasta ahora creo que nunca lo había hecho) por lo que llamaron al jefe que me hizo una visita guiada por las instalaciones, que resultaron ser más cutres que las de Boavista (Cabo Verde). Al final estuvimos hablando un rato acerca de los problemas a los que se enfrentan en una isla sin ríos ni lagos y me acabó pidiendo el currículum.




Devolví la bicicleta e hice autoestop hasta la plantación de vainilla, donde Ian ya me esperaba. Resulta que Ian y Vanessa vinieron a Tonga hace cuatro años y se dieron cuenta de que la isla estaba plagada de cocoteros con los que nadie hacía nada. Del mismo modo había 300 plantaciones de vainilla abandonadas.



Ian y Vanessa empezaron una empresa de aceite de coco que venden a Japón ya que ahí tienen la creencia de que va bien para evitar demencia y Alzheimer. Para hacer aceite de coco sólo se necesita la parte blanca del coco así que idearon la forma de aprovechar todo el coco posible, y aquí entra la vainilla.

La planta de la vainilla es una orquídea que no tiene raíces, se alimenta de los nutrientes que se depositan en el suelo. Así que lo que idearon es que podrían alimentar a la vainilla con la primera capa que envuelve a los cocos, con la vaina como si dijéramos. Y así volvieron a poner en marcha las 300 plantaciones de vainilla de la isla.



El agua de coco se la dan a los cerdos y con las cáscaras hacen el fuego necesario para procesar la vainilla. Con las cacas de los cerdos hacen metano, que sirve para mover la maquinaria para procesar los cocos y con los pipis, los filtran y hacen crecer verduras. Con los sobrantes de las verduras alimentan a los cerdos. Cuando matan a los cerdos dejan las entrañas para que las moscas pongan sus huevos en ellas, y cuando salen los gusanos se los dan a las gallinas, que ponen los huevos que utilizan en su Bed & Breakfast. Y así tienen ideado un sistema de cero desperdicios del que no me acuerdo porque no tomé apuntes, pero era increíble.



Después de la visita volví al pueblo a dedo y fui a cenar con Patrick, Nick y Hailey, atención, a la Taberna Vasca de Neiafu. Tomamos bravas, tortilla de patatas, ensalada mediterránea con anchoas, croquetas, brochetas de pescado… como en casa. Un día muy productivo.

Enrique

miércoles, 7 de octubre de 2015

TONGA: VAVA’U Y EL RESPETO DEL DOMINGO



El avión aterrizó puntual en el aeródromo de Vava’u. Allí ya me esperaba el señor que me iba a llevar a la guesthouse donde me iba a alojar las cuatro primeras noches de mi estancia en Vava’u, PortWine Guesthouse.



Port Wine es relativamente nuevo. El dueño se llama Tye y es un tongano que se fue a estudiar Ingeniería Química a Melbourne hace más de treinta años. Después de tres años estudiando decidió que aquello no era lo suyo y dejó la universidad. Desde entonces recogió fruta, condujo camiones por todo Australia y se hizo constructor. En Australia se casó y tuvo hijos. Hace tres años su padre murió, por lo que él se convirtió en el patriarca de su familia, así que, como buen tongano (la familia es el pilar en el que se basa la sociedad de Tonga) volvió a Tonga para cuidar de toda su familia. No pudo convencer a su mujer australiana así que se divorciaron. En Vava’u conoció a Salote, su actual mujer, que además es la dentista de la isla. A su vuelta adecentó la casa de invitados de su madre y construyó dos nuevos edificios, creando lo que actualmente es Port Wine Guesthouse.



Nada más llegar Salote me dijo que estaban preparando un “Tongan feast”, festín tongano, y que por supuesto estaba invitado. Así que dejé mis bártulos y me preparé para comer y, de paso, hacer amiguetes.

Allí conocí a Hailey y Nick, una pareja de Auckland que han viajado a Tonga por el submarinismo y, ya de paso, por lo de nadar con ballenas jorobadas. También conocí a Douglas J Hoffman, un fotógrafo submarino y guía que organiza safaris fotográficos privados para gente muy rica y que vive en Hawaii, se autoproclama “whale whisperer”, que es algo así como el César Millán de las ballenas. John, un matemático y profesor de informática (ya retirado) inglés que vive en Nueva Zelanda que viaja anualmente a Vava’u desde 2004 para descansar de su mujer, que no puede ir porque tiene fibrosis quística y no aguanta el viaje hasta la isla, y nadar con las ballenas jorobadas. Patrick, guest relations manager (no sé cómo traducir esto, pero es un poco el que se encarga de que su empresa quede bien con todo el mundo y de que los visitantes al parque se marchen contentos, sobre todo en caso de que tengan algún problema) de Disneyland Hong Kong, un chico muy divertido y dicharachero con infinitas historias y anécdotas de su trabajo en Disneyland, tanto en Hong Kong como en Orlando (EEUU). Un auténtico apasionado de los mamíferos marinos. Conocí también a tres franceses que viven en Nueva Caledonia y que son fotógrafos amateurs muy buenos (la fotografía es algo así como su hobbie de jubilados) y además eran muy simpáticos (sólo uno hablaba inglés).

El festín estuvo bastante bien. Había comida tongana para parar un tren y estaba muy bien cocinada. Mi manjar favorito fueron las chips de Taro, una planta que crece a la sombra de los cocoteros y de la cual cortan y fríen las hojas.

El segundo día de mi estancia en Vava’u fue domingo. El domingo se respeta en Tonga. Todo cierra, absolutamente todo (ya te avisan de que tienes que comprar provisiones el sábado o el domingo te vas a quedar sin comer). Además está prohibido hacer actividades deportivas o trabajar (está incluso mal visto hacer trayectos largos en coche). Son muy religiosos, el 99 % cristianos debido a la influencia de los misioneros franceses.



Así que el domingo fui a misa, por primera vez desde que dejé el Sant Ignasi. Las misas tonganas tienen mucha fama debido a sus cánticos y yo quería verlo. Menudo espectáculo. Fui a la Catedral de San José y me senté en el último banco porque un señor me obligó (yo tenía pensado estar de pie atrás de todo).

Llegué y empezó la misa. Las mujeres estaban en su mayoría a la derecha de la iglesia y los hombres a la izquierda. En la fila central de bancos había hombres y mujeres, pero nunca en el mismo banco. Tanto a izquierda como derecha había algún banco del otro sexo.



Los hombres llevaban camisas oscuras muy bien planchadas, aunque justo el que estaba delante de mí llevaba una camisa beige con palmeras. Todos llevaban su Ta’ovala (una especie de faja hecha de hojas de palmera tejidas) sujetada con el Kafa (una especie de cuerda) por encima del lava-lava (falda masculina típica de las islas del Pacífico).

Las mujeres iban todas con vestidos con motivos florales y llevaban su Kiekie (el equivalente al Ta’ovala masculino) alrededor de la cintura. La mayoría llevaban el pelo recogido en un moño sujeto con una flor, aunque más de una llevaba trenzas.

No había misal ni Biblia ni cancionero. A la izquierda del altar estaba el director con la batuta y dos niños de entre 4 y 5 años que le imitaban. Llegó el cura y las mujeres empezaron a cantar con una voz muy aguda pero melodiosa y afinada. Unos segundos después los hombres las siguieron, esta vez con tonos muy graves. Una vez el cura llegó hasta el altar las mujeres jóvenes y los chicos jóvenes empezaron a cantar también. La congregación entera era el coro y cantaban a cuatro voces, todos perfectamente coordinados y muy bien afinados, una canción extremadamente alegre (todos quietos y firmes, nada de moverse o bailar como en las iglesias de las películas americanas) pero solemne.



Toda la misa fue en Tongano y cantaron exactamente las mismas canciones que se cantan en España, con la salvedad de que aquí parecen las Escolania de Montserrat. El sermón lo dio el cura, un señor muy apasionado, y el Evangelio lo leyó una señora.

Al final nos dimos la paz y nos fuimos cada uno a nuestra casa

Enrique

jueves, 1 de octubre de 2015

TONGA: NUKU’ALOFA, LA CAPITAL

Click here to read the English verion


Amaneció con fresquito el día posterior a mi llegada al país. Todavía no me podía creer que lo había conseguido. Pero no estaba todo hecho aún. Me quedaba coger un vuelo local de Nuku’alofa a Vava’u, mi destino final. Pero eso era por la tarde, por lo que tenía toda la mañana para pasearme por la capital del país.

Así que mientras desayunaba hablé con la señora de la casa, una encantadora mujer tongana con facilidad para reír y cantar. Me dijo que me fuese a dar una vuelta por el mercado y ya de paso que mirase el palacio real. Tonga es el único reino del Pacífico y las únicas islas que nunca han sido colonizadas ni conquistadas y los tonganos están muy orgullosos de ello.

Salí a pasear y enseguida me di cuenta de que Tonga no es como los países del Sureste Asiático. La gente va tranquila, los coches van bastante lentos y los pocos que circulan lo hacen de forma ordenada. No hay aceras pero las carreteras son suficientemente anchas como para caminar sin miedo a morir atropellado. No hay mucha suciedad desperdigada y, al ser invierno, ni siquiera hacía calor. Se estaba perfecto.

Llegué hasta la oficina de información, donde me dieron un mapa con una ruta por los puntos emblemáticos de Nuku’alofa. Se recorren todos en menos de una hora, así que me lo tomé con calma.



Pude ver el Palacio Real, construido en Nueva Zelanda y transportado en barco hasta Tonga en 1867. Aquí adoran a sus reyes, que fueron coronados el pasado 4 de julio. Toda la capital está llena de carteles dándoles la enhorabuena y diciéndoles cuánto les quieren, es impresionante. Rodeé los jardines del Palacio y cuando estaba pasando por delante de las casetas de los guardas vi un pájaro enorme volando hacia un árbol, pensé que era un halcón como los que hay en Nueva Zelanda pero me extrañó al ser Tonga un país tropical. Me fijé mejor… era un zorro volador enorme. Se posó en la copa del árbol y se quedó colgando junto al resto de la familia, al menos una decena de vampiros. Menuda sorpresa.



Seguí mi camino y ascendí al pico más alto de la isla de Tongatapu: Zion Hill, que se alza majestuosa a 15 m sobre el nivel del mar. Tardé menos de un minuto en subir y bajar.



Fui a ver las tumbas reales (Mala’e Kula), muy de lejos porque el recinto en el que están está cerrado. Y llegué hasta un centro de artesanía local. Desde ahí me fui hasta el mercado y hablé con una de las tenderas acerca de sus tapiocas y kumaras, riéndonos bastante cuando llegamos a las sandías y le expliqué mi intento de cultivarlas en Nueva Zelanda.



Después del paseo fui al aeropuerto a esperar mi vuelo hacia Vava’u, que salió puntual a las 16:20.

Enrique
English verion




The sun raised on a chilly day the day after Enrique arrived to the country. He still couldn’t believe ha made it. But it wasn’t the end of the journey. He still had to take a local flight from Nuku’alofa to Vava’u, his final destination. But that would be in the afternoon, so he had a whole morning to wander around the capital. 

While having breakfast he had a chat with his Tongan lady host, a lovely smiley lady who sings around the place. She suggested to go for a little tour at the market and then to the Royal Palace. Tonga is the only kingdom in the Pacific and the only islands that have never been colonised, which makes them feel very proud. 

He left the hostel to quickly notice that Tonga is nothing like an Southeastern Asian country. People moves quietly, cars drive slowly and the little traffic flows under control. There aren’t any footpaths but the roads are wide enough for pedestrians and cars to share comfortably. The surroundings aren’t dirty and, since it was winter, it wasn’t even hot. It was perfect.


Enrique made his way to the tourist information desk where he got a map with a short route to check all the main attractions in Nuku’alofa. It would take him just an hour, so there was no rush.




The Royal Palace was built in New Zealand and shipped to Tonga in 1867. Tongans love their Royals, who were crowned on the last 4th of July. The whole town is covered with posters congratulating them and celebrating their happiness, it’s quite impressive. He walked the Royal Gardens and saw a massive bird flying towards a three that looked like the hawks we’ve got in New Zealand. But that didn’t make much sense since Tonga is a tropical country. After a better look, the animal turns out to be a large flying fox. The animal hanged itself over a branch with the rest of the family, at least a dozen of them. Quite a surprise.




Enrique kept going and climbed the highest peak in the island of Tongatapu: Zion Hill, which majestically raised up to 15 m over sea level. He’s so fit that it took him less than a minute to go up and down. 




After that, he had a look to the royal graves (Mala’e Kula), from very far because there’re in a fenced area. And then, the craft market and the groceries market where he talked with one of the lady farmers about tapiocas, tomatoes and kumaras. Then the topic changed to watermelons and he told her the story of his attempt to grow watermelons in Glenorchy (which is: he planted them, I looked after them for months, a pea-sized melon grew and he got all the credit for such a wonderful feat).




And finally after the walk he went to the airport to wait for his flight to Vava’u, which punctually left at 16.20.


Enrique & Marina the translator

martes, 22 de septiembre de 2015

TONGA: EL PASAPORTE ERRANTE



Uno de los motivos para extender nuestra estancia en Nueva Zelanda, sino el principal, era ir a Tonga en algún momento entre julio y septiembre, temporada de ballenas. Otro de los motivos era el de tener una base de operaciones fija para solicitar el visado Working Holiday para Canadá. El otro motivo era para poder renovar el pasaporte tranquilamente en noviembre en la Embajada de España en Wellington.

Al volver de Filipinas planeé el viaje a Tonga, compré los billetes de avión Queenstown-Auckland, Auckland-Tonga y reservé alojamiento y actividades para la semana que iba a pasar ahí.

Tres días antes de partir hacia Tonga descubrimos que para conseguir el visado para Canadá debíamos hacer un par de gestiones que implicaban enviar el pasaporte a la Embajada Española en Wellington, para que allí hiciesen una fotocopia y la compulsasen. Que ya me diréis lo complicado que sería enviar ya una fotocopia previamente compulsada en Queenstown y así nos ahorramos estar indocumentados, en fin.

Así que ni cortos ni perezosos enviamos los pasaportes a la Embajada. El día de mi cumplaños, que fue perfecto por cierto, justo antes de ir a dormir Jess me preguntó acerca de una carpeta que teníamos en la mesa de la cocina. “Es donde guardo el pasaporte” respondí. Fui a cogerlo para enseñárselo y, sorpresa, no estaba. Me puse a buscarlo y le comenté a Marina que no lo encontraba. En un segundo perdió el poco color que tiene en la cara (es invierno y ella ya es paliducha de por sí) y me dijo “los enviamos ayer a Wellington”. No me desmayé porque acabábamos de tomar tarta de Santiago. ¡Hay que ser zoquetes! Enviamos el pasaporte a la otra punta de Nueva Zelanda a dos días de tomar un vuelo internacional. Un aplauso, por favor.

Al día siguiente seguimos el paquete por internet y vimos que lo habían dejado en el apartado de correos de la Embajada las 5 de la mañana. Envié un mail a la Embajada pidiéndoles que fuesen a mirar el correo y que si estaba mi pasaporte que ni se les ocurriese enviarlo de vuelta. Marina les llamó y confirmó que tenían el pasaporte y que esperaban instrucciones. Fenomenal, el pasaporte estaba localizado y yo tenía tiempo para cambiar los vuelos y, en lugar de hacer Queenstown-Auckland al día siguiente podía hacer Queenstown-Christchurch-Wellington aquella misma tarde (conseguí el último asiento del último vuelo del día) y entonces volar a Auckland al día siguiente después de recoger el pasaporte.

Aquel día en el trabajo estuve bastante nervioso organizando todos estos cambios así que no desayuné. Menuda sorpresa cuando se organizó una cata de vodka y ginebra en el bar con el dueño de la destilería del Blue Duck Vodka y Black Robin Gin. Me sentó como un tiro, pero sobreviví. Jason me llevó volando a casa a las 2 y media, hice la mochila todo lo rápido que pude y fuimos al aeropuerto. Allí me encontré con Marina y con Steve y Judy de Jester House, que estaban de visita por Glenorchy, y pudieron despedirme como a un bravo soldado.

Llegué a Wellington a las 11 de la noche sin problemas y me alojé en el YHA del centro, cerca de la embajada. Al día siguiente fui a la embajada y recogí el pasaporte, menuda ilusión me hizo tenerlo en las manos.

Como no tenía nada que hacer en Wellington me fui al aeropuerto 4 horas antes de mi vuelo. Fui a hacer el check in y la máquina pitó: el pasaporte no era válido. Llamé al encargado de Air New Zealand y me dijo que Tonga prohíbe la entrada si el pasaporte tiene una validez inferior a seis meses. El mío caduca en enero. Llanto y crujir de dientes.
Llamo a la embajada y me dicen que me lo renuevan, que tardará un mes. Gracias, intútiles. Llamamos al consulado de Tonga y no contestan. El señor de Air New Zealand me dice que me puede hacer viajar a Auckland sin coste adicional en el vuelo que sale en 10 minutos pero que ahí no me dejarán volar a Tonga. Me dice que el consulado de Tonga está en Auckland y que viajando en el siguiente vuelo tengo tiempo de ir a ver qué se puede hacer. Acepté el trato y volé a Auckland en primera clase, de lujo.

Una vez en Auckland llamé al consulado y contestaron. Me dijeron que me podían hacer una carta para inmigración que me iba a costar 230 dólares en efectivo pero que me aseguraba la entrada. Cogí un taxi y fui al consulado pitando. Allí una señora muy amable me hizo la carta, tomándose su tiempo, pagué la factura del dentista de su hijo y me fui en el mismo taxi, que acabó costando 140 dólares. Llegué al aeropuerto con el tiempo justo de hacer el check in e ir hacia la puerta de embarque. El avión acabó saliendo con retraso, ver para creer.



Al final, 24 horas después del gran susto, llegué a Tongatapu, pasé el control de inmigración, pisé Tonga y besé el suelo como el Papa JP2. Fui directo al albergue donde iba a pasar la noche y me puse a dormir.


Enrique

lunes, 7 de septiembre de 2015

BUCEO EN PECIOS JAPONESES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL EN CORON

Click here to read the English version


Y a Busuanga llegamos en avión, como señoritos. Porque no nos fiábamos demasiado de los barcos filipinos, con tendencia a naufragar. Tardamos más o menos lo mismo pero ni nos mojamos, ni nos mareamos ni nos llenamos las chanclas de arena.




En Busuanga nos alojamos en la ciudad de Corón, algo así como la capital. Estuvimos en una casa flotante en el barrio chungo pero ni lo notamos. Lo de que el barrio era chungo quiero decir. El plan en Coron era que Marina se sacase la licencia de buceo (Open Water Diver), que pudiésemos bucear en pecios y, ya de paso, darnos una vuelta en moto por la isla.




Hicimos todas las inmersiones con el centro de buceo Rocksteady, donde Marina aprobó a la primera su curso Open Water y donde ambos obtuvimos el permiso para bucear hasta 30 metros de profundidad (indispensable para los pecios, que estaban muy abajo). Pero vayamos por partes.




Barracuda Lake

El Barracuda Lake es un lago de agua dulce y salada encajonado entre montañas donde, al no haber corrientes, se puede ver perfectamente la termoclina entre el agua dulce y el agua salada. El agua dulce se encuentra a unos 31 grados de temperatura mientras que el agua salada, que brota por un túnel al fondo del lago (unos 25 metros de profundidad), está a 38 grados centígrados.




Es impresionante como ambos aguas no se mezclan, generando la sensación de haber un lago dentro del propio lago, al generar el agua salada un efecto espejo en la termoclina. Debido a la diferencia de temperaturas también es posible, y divertido, tener el cuerpo en el agua salada a 38 grados y la cabeza en el agua dulce a 31, como si estuvieses en un jacuzzi submarino.

Okikawa Maru

Fue un petrolero de la armada japonesa que se hundió debido al alcance de las bombas de la aviación norteamericana. Es el pecio más grande de la zona.

Buceamos por la cubierta hasta encontrar el boquete de la bomba que lo hundió. Una vez ahí nos metimos dentro y la verdad es que es toda una experiencia. Está todo muy oscuro pero no hay corrientes así que con linternas se ve bien. Nos paseamos por las habitaciones de los tripulantes, por los tanques de petróleo, por la zona de máquinas y por la cocina y el comedor. A veces es un poco claustrofóbico pero a mí me encantó. Marina es más de arrecifes de coral y luz del sol.

Buceamos en más pecios y arrecifes, pero no tenemos ninguna foto porque no tenemos una cámara que pueda llegar a más de siete metros de profundidad. Nos tendremos que fiar de nuestra memoria fotográfica.

El paseo en moto

Como ya viene siendo habitual alquilamos una moto y nos fuimos a dar un paseo. Nos lo pasamos pipa a pesar de pillarnos un chaparrón de tomo y lomo. Dejó las carreteras embarradas y resbaladizas pero la moto tenía ruedas todoterreno así que fue muy divertido.




Durante el paseo conocimos a un señor escocés (ingeniero de caminos en Dubái) que hace algunos años se compró una isla en la zona y que ahora planea hacer ahí un hotel. Nos invitó a unas coca colas en su casa de la playa donde conocimos a su padre y a su mujer filipina.




También conocimos a Tatoo Mike, que dejó Dinamarca porque, a pesar de ser rico porque trabajaba mucho, no era feliz porque no tenía tiempo de disfrutar de su dinero. Ahora tiene un bar en un pueblecito de Busuanga y dice que es muy feliz.




En Coron nos reconciliamos un poco con Filipinas, por el submarinismo, por el día en moto y por lo bien que estuvimos en la guesthouse (Patrick and Tez). Pero no creo que volvamos, por mucho que se esfuercen en repetir eso de que “is more fun in the Philippines”.



Enrique & Marina
English version

DIVING IN THE JAPANESE WWII SHIPWRECKS OF CORON


And we got to Busuanga by plane, like posh kids. Philippine boats are not too reliable and have this funny tendency to sink. It took us pretty much the same time but our thongs stayed clear of sand and we kept ourselves dry and away from motion sickness.




In Busuanga we stayed in the city of Coron which is something similar to the capital. We settled in a floating house in a poor neighbourhood but we didn’t even notice this last fact. Our plan in Coron was that I would get my Open Water Diver license, dive in the Japanese wrecks and maybe go for a little motorbike tour around the island. 



We booked all our diving trips and training with Rocksteady. I had the best instructor I could ever have and I past my exam quite easily and I felt super comfortable all the time. Then, we both did an immersion to get the permit to dive up to 30 metres deep so we could visit the deepest wrecks and as a bonus, we both would have the same deep limit from then on. But let’s go little by little. 




Barracuda Lake

Barracuda Lake is a fresh and salty water lake enclosed between mountains where there’re no currents, therefore the thermocline between the fresh and salty water is very clear. The fresh water is at about 31 degrees while the salty stays at around 38 degrees and flows into the lake through a tunnel at 25 metres deep in the bottom of the lake.





It’s very impressive the way the two waters mix creating the feeling of lake on top of another lake. It was a lot of fun the keep your body in the hot salty water at 38 degrees and bring your head to the fresh water at 31 dregrees, it was like bathing in an underwater spa.

Okikawa Maru

It was a oil tanker that belonged to the Japanese army and sank when the US army’s bombs reached it. It is the biggest shipwreck in the area.

Enrique dived the deck looking for the hole made by the bomb that made it sank. From there he went inside and loved it. It was obviously very dark but as there’re not currents inside the torchlights were enough to see well. We wander around the crew’s rooms, the oil tanks, the machinery room, the kitchen and the lunch room. 

We dived in several more shipwrecks but we don’t have any pictures becauser our camera can olu reach 7 metres deep but we have plenty of photographic memories of what we saw.

While wreck diving, you can get a bit claustrophobic. Enrique really liked it while I like better diving the reefs in the sunlight, it was a great experience in any case.

The motorbike ride

Like we normally do we hired a little motorbike to go for a little road trip. We had a great time even we got soaked when a tropical storm got us. After the rain, the road was covered in mud and very slippery, lucky the wheels were all-surface-proof, was a lot of fun.




Along the ride we met a Scottish gentleman (what a coincidence, another civil engineer who works in Dubai!) who bought an island a few years ago and he’s now planning to develop a resort there. He invited us to a coke in his beautiful house in the main island beach where we also met his Philippine wife and his father who just came for a visit from Europe.



Latter on we also met Tatto Mike, who left Denmark years ago because we was rich but not happy with his hightly-paid job, he didn’t have any time to enjoy his time and money! Now he owns a little bar in the small village of Busuanga and he’s found happiness. 


Somehow, in Coron we reconcile ourselves with the Philippines, because of the diving, the motorcycle trip and the great people we meet in the diving shop, the guest house (Patrick and Tez’s) and around the island. However, we don’t think we’ll go back even though the effort they put on saying that “it’s more fun in the Philippines”.





Enrique & Marina